SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

 



Lenguaje inclusivo e inclusión. 

José Antonio Torres González

Publicado en Diario Jaén

Mucho se ha escrito y hablado en torno al lenguaje inclusivo hasta el punto de llegar a considerarse como una situación problemática con tintes ideológicos que implica a la lingüística y a la política. La sociedad en general y, la clase política en particular, han utilizado el lenguaje inclusivo como sinónimo de sexismo pero en realidad lo que se esconde detrás de él es la evidencia de los serios problemas de nuestra sociedad actual relacionados con la las desigualdades, la discriminación, la exclusión de determinados grupos, el control del poder por parte de unos pocos, los errores e imperfecciones de los gobiernos democráticos existentes, las injusticias y la lucha por los derechos humanos. En estos últimos años se ha generado un debate en torno al lenguaje inclusivo desde dos miradas diferentes, la de la Real Academia Española y la de las personas que lo promueven como medio para lograr la paridad de genero, estableciéndose un cruce entre ideologías lingüísticas e ideologías políticas. En este sentido es fácil constatar como se producen, permanentemente, situaciones ridículas e irrisorias en el mal uso del lenguaje.  El presidente venezolano Nicolás Maduro indicaba en uno de sus discursos en el año 2013 que tenían “millones y millonas” de bolívares (la moneda de este país). El lenguaje inclusivo no puede ni debe desnaturalizar el lenguaje como tampoco debe inventar términos que no existen como la @ o la x en tod@s y todxs y que hacen imposible su pronunciación en un texto.

Seguramente el lenguaje inclusivo pueda considerarse como un indicio del malestar compartido por el hecho de que una buena parte de la ciudadanía siga sin estar representada, sin ser nombrada, pero no debemos olvidar que el castellano es muy rico en sustantivos que pueden definir perfectamente a colectivos de personas y así terminar con el cansino desdoblamiento que no nos deja ver que la inclusión de las personas en las instituciones educativas y en la sociedad en general, sigue pendiente.

La verdad es que necesitamos reflexionar sobre si la utilización de este lenguaje, al que denominan inclusivo, puede promover la justicia social, la igualdad y la participación. Entre otras cuestiones porque es necesario profundizar en las raíces de la diversidad humana para generar verdaderos procesos de inclusión. La inclusión se opone a cualquier forma de segregación, a cualquier argumento que justifique la separación, a cualquier pretexto en el ejercicio de los derechos humanos. Es un planteamiento comprometido que refleja la defensa de unos valores determinados que se relacionan con los fines de la educación de las personas, con la forma de sociedad en la que queremos vivir. Por ello, la inclusión surge con el objetivo de eliminar las diversas formas de opresión existentes y de luchar por conseguir una sociedad para todos, que se fundamente en la equidad, la igualdad, la solidaridad, la participación y la no discriminación en el marco de una sociedad democrática. En este sentido la inclusión debe indagar acerca del constructo social implantado en torno al concepto de lenguaje inclusivo que se ha creado como consecuencia de los cambios que se producen en los contextos políticos, sociales y económicos y que, con demasiada, frecuencia adquieren tintes estrafalarios y caricaturescos que pueden generar marginalidad y discriminación. ¿Quién nos puede asegurar que el termino “todes” no es discriminatorio?. En definitiva, la inclusión puede y debe considerarse como una actitud, un sistema de creencias y valores que estará presente en las tomas de decisiones de aquellos que apuestan por ella. Pero, además, es también una cuestión de derechos humanos que preconiza la no segregación de personas por razón de su discapacidad, su raza, su género, su religión, sus ideas. Al final eso es lo que importa.


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